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:: Dolor no cesa en familias de ecuatorianos víctimas de ETA

Hoy se cumple el primer aniversario de la muerte de los ecuatorianos Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio a manos de la banda vasca ETA, que atentó con un vehículo de explosivos en la zona de parqueos del aeropuerto internacional de Barajas, en la capital española.

La frase que pronuncia María Basilia Sailema resuena emocionada y cargada de dolor: “La mía ha sido una vida muy triste”.

No son las primeras palabras que salen de la boca de la madre del ambateño Carlos Alonso Palate, uno de los dos ecuatorianos que falleció en el atentado que la banda ETA perpetró un año atrás en el módulo D de la terminal 4 del madrileño aeropuerto de Barajas.

La expresión aparece agazapada en cada una de las conversaciones que discurren a lo largo de una mañana envuelta en un manto gris y dedicada a la melancolía.

Se cumple el primer aniversario de la muerte de su hijo de 35 años y no resulta difícil descubrir en el gesto de María Basilia un hondo dolor. Su cabello de canas incipientes recogido en una trenza deja ver claramente cómo las lágrimas surcan su rostro ajado por el tiempo.

Viste una falda de tonos claros muy holgada que luego cambiará por una negra, en señal de luto. Es la misma que lució el día en que por vez primera se subió a un avión para embarcarse rumbo a España.

La adaptación no ha estado exenta de dificultades, aunque ostenta la nacionalidad española, recibió una indemnización aproximada de $ 275.000 (cotización del 2006), además de los $ 30.000 que le concedió la Comunidad de Madrid, y desde diciembre percibe de manera vitalicia una pensión mensual de 2.500 euros (unos $ 4000).

Camina despacio por el departamento que alquila por 800 dólares en Valencia, la misma ciudad en la que un día del 2002 se refugió Carlos Alonso, el mayor de sus cuatro hijos, luego de abandonar su trabajo de albañil y dejar vacante su puesto en el club deportivo de Picaihua.

“Sufrí mucho desde que se fue”, comenta con la mirada fija en las paredes amarillas del salón. Pese a su ceguera, por unas cataratas de las que se libró meses atrás, María Basilia en Ecuador salía de casa, caminaba, a veces tropezaba y caía.

Pero la mujer nunca permaneció en el piso, se levantaba y buscaba un sitio para sentarse y llorar hasta que algún vecino le preguntaba el motivo de su llanto. “Es por mi hijo que se fue a España”, respondía ella.

Cuando la banda vasca ETA se cruzó en su camino, resolvió mudarse a Valencia junto a sus otros tres hijos. Gracias a la ayuda de la Dirección General de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo de España, Giovanni, enfermo de epilepsia, asistió a cursos de limpieza y en estos días acude a talleres para aprender a armar velas de barco.

Luis Jaime, quien sufre la pérdida total de la visión del ojo izquierdo, recibió clases de informática y en la actualidad ejerce el oficio de zapatero.

María Elvia, madre de dos niños, Xavier y Johana, se dedica a la recolección de naranjas y mandarinas a cambio de un salario que suele rondar los 1.600 dólares, aproximadamente.

Un día, y otro día, y otro más María Basilia consume las horas frente al televisor que Carlos Alonso adquirió con el sueldo de su trabajo en una fábrica de plásticos en Torrent (Valencia).

Excepto el jueves que pasea por las calles, sin cruzar palabra con nadie, porque no le “dan confianza”. El televisor lo recogió del departamento en el que vivía Carlos Alonso. También se llevó un poco de ropa, un teléfono celular que sigue encendido pero que nadie utiliza y un álbum de fotografías que atesora decenas de instantáneas. María Basilia las mira y llora.

La vida no ha sido compasiva con esta mujer menuda que un año atrás conmovió a la sociedad española con sus lágrimas y las imágenes de sus pies desnudos acostumbrados a andar descalzos en una tierra de llena de miseria.

La tristeza la embargó tras la muerte de sus cuatro niños: Manuel, Jaime, Gloria y Marta. Ninguno llegó a cumplir los 3 años. “De pronto enflaquecían y morían”, relata en un vano intento por hallar una explicación. “Un día fui a comprar la medicación, llevaba a Martita en mi espalda y al llegar a casa estaba muerta”.

Su esposo falleció por intoxicación etílica, el día de la confirmación de Giovanni. Y el 30 de diciembre del 2006, ETA le arrebató a Carlos Alonso.

María Basilia, a sus 60 años, sigue en pie, con su dolor a cuestas porque la suya –como dice ella– “ha sido una vida muy triste”, pero también es cierto que por los resquicios de esos ojos, que meses atrás vieron la luz y descubrieron por vez primera el mar, también se suceden destellos de esperanza y ternura.

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