:: Taxis Amigos un gran dilema
Arrellanado en los cómodos asientos de un flamante Chevrolet Vivant, va por la Av. 25 de Julio el joven empresario Cristian Acosta. En su rostro se dibuja un gesto de satisfacción plena. Minutos antes, al subirse al taxi amigo que solicitó dentro del Mall del Sur, el pasajero había pedido música suave, y el solícito chofer del auto había sacado de la guantera un CD del pianista Clayderman.
Mientras se deleita escuchando la famosa “Balada para Adelina”, Acosta mira, a través de los fríos cristales, las calles llenas de taxis amarillos que ruedan en busca de algún pasajero que quiera subirse a sus vehículos sin ventilación adecuada para una tarde de intenso calor.
“La verdad es que pago un poco más, pero me considero mejor servido por los taxis amigos”, dice Acosta a un familiar que va en la parte trasera del vehículo “full equipo”, mientras el chofer Kléber Alcívar, de la empresa Star Car, sonríe.
Pasan los minutos y Acosta y su acompañante llegan al Mall del Sol, donde deben recoger a la esposa del primero. ¿Cuánto es?, pregunta al conductor y este le extiende un recibo emitido por el taxímetro que lleva celosamente guardado en su unidad.
A esa misma hora, más al norte de la ciudad, el vendedor de libros Antonio Molina pide uno de los taxis “de lujo” que hace ocho semanas se instalaron dentro de la ciudadela Caracol, frente a Bastión Popular, para que lo lleven al Malecón Simón Bolívar, donde lo espera un cliente.
Los jóvenes conductores que conversan animadamente con la secretaria de la pequeña oficina, de 6 metros cuadrados, no dicen nada. Molina alza la voz para hacerse escuchar y uno de los choferes lo mira displicentemente y le dice: “Cinco dólares vale esa carrera”.
La tarde es demasiado calurosa y el tiempo es oro como para reclamar por el uso del taxímetro o caminar hasta la vía a Daule a coger otro taxi. Por eso opta por subirse al pequeño Chevrolet Spark color ladrillo, pero al hacerlo siente que los asientos están hirviendo.
“Prenda por lo menos el aire acondicionado”, le dice al conductor. Este, sin inmutarse, le responde que no funciona porque “el dueño del carro no ha arreglado el compresor”.
Al final de la carrera, Molina se baja sudoroso y evidentemente molesto, paga lo que se le ocurrió al conductor cobrarle y le dice a este que no ha visto ninguna diferencia entre este servicio y el que brindan los taxistas de los carros amarillos.
Lo vivido por estos dos pasajeros es el reflejo de cómo está la oferta de autos de alquiler en Guayaquil, donde funcionan empresas bien organizadas y otras formadas casi al azar para dar un servicio alternativo a los taxis tradicionales.
Actualmente ya casi no hay urbanización, centro comercial, supermercado o centro de negocios que no cuente en sus alrededores con al menos un grupo de vehículos encuadrados en el sistema llamado “taxi amigo”.
Una vez más, un grupo de estas empresas de autos que se formaron a inicios de esta década toma distancia de dicho calificativo. Es la Asociación de Empresas de Servicios Móviles Privados (Ensermoviu). Su presidente, Gonzalo Rueda, insiste en que ellos dan un servicio corporativo.
“Trabajamos básicamente con empresas y nuestros clientes no son recogidos en la calle, sino servidos puerta a puerta, con unidades cómodas y equipadas en gran parte con un sistema de rastreo satelital que brinda seguridad al pasajero”.
Tanto los organizados como los improvisados en el negocio se alistan, por igual, para beneficiarse con una resolución de la Asamblea Constituyente que analiza en estos días la regularización de este servicio.
Para Francisco Estrella, gerente de Star Car, una de las afiliadas a Ensermoviu, lo que está haciendo la Asamblea es “respetar el derecho al trabajo de cientos de personas que se dedican a esta actividad”.
Antonio Molina tiene sus reparos. Él, quien vivió una mala experiencia con el servicio, se pregunta: “¿Cuánto tiempo pasará hasta que todos los taxis amigos tengan carros full equipo y choferes debidamente adiestrados y corteses?”


